Rojo, Amarillo y Verde

Pocas cosas son más importantes para el normal desarrollo de una gran urbe que los semáforos. Sin ellos, cualquier metrópolis sería un caos absoluto, generándose muchísimos siniestros viales y accidentes. Para los porteños, un semáforo es un elemento común y corriente de nuestro paisaje habitual en el día a día de la ciudad, pero detrás hay historia e importante logística.

Como primera medida, se debe decir que hay distintos tipos de semáforos según donde y para qué se utilicen: viales, indicadores de carriles, ferroviarios, de subte, peatonales, para bicicletas, fluviales. Según su estilo y fin pueden ser: sonoros, lumínicos, de movimiento, de cuenta regresiva. Los tres colores que posee un semáforo no fueron escogidos aleatoriamente sino por una explicación cognitiva: el cerebro, a través de la vista, procesa colores en pares antagónicos, como lo son el rojo y el verde. El por qué cada uno cumple una función especial, también tiene una explicación: el rojo es una luz más llamativa e intensa por lo que es más eficaz como alerta de detener el vehículo o de prohibido cruzar. El verde es una luz más fría y menos llamativa, siendo más propensa como señal para que el tránsito fluya. El amarillo es un color asociado a la precaución.

El semáforo que vemos en las calles fue tomado como inspiración de los ferroviarios. Originariamente el semáforo solo tenía color rojo y verde. Luego se da la mejora de la introducción del amarillo. Así se generaba un avance importante en materia de seguridad vial, ya que esta luz da un tiempo de transición para avisar la precaución y permite que los conductores tengan un lapso para transponer la intersección que están atravesando.

El Automóvil Club Argentino tuvo mucho que ver con la implementación de las señales de tránsito en el país y la ciudad. Dicha entidad fomentó desde sus orígenes la seguridad vial. Durante un periodo tuvo a cargo el desarrollo de todo el señalamiento vial de Argentina. En la ciudad, algunos años antes a la llegada de los semáforos, había un trabajo humano para cumplir dicha función: garitas colocadas en altura en esquinas importantes con un policía dentro, el cual con mangas blancas y un silbato ordenaba el tránsito. Esto solo funcionaba en las horas pico de mayor tránsito. El primer semáforo vial de Buenos Aires era con luz roja y verde a gas, de accionamiento manual. Fue dejado de utilizar al poco tiempo debido a que uno explotó y le ocasionó daños a la persona que lo comandaba.

Buenos Aires es una de las ciudades del mundo con más semáforos por habitante. El primero fue instalado en 1958 en el cruce de Córdoba y Leandro N. Alem, en el barrio de Retiro. Hoy cerca de 3800 esquinas porteñas cuentan con semáforos automatizados, computarizados, de bajo consumo.

Los semáforos de la ciudad tienen una particularidad única en el mundo: cuando cambia de verde a rojo, el primer color desaparece dando paso al amarillo y luego al rojo. A la inversa, la cosa cambia: cuando el rojo le da paso al verde, el primero no desaparece cuando nace el amarillo, sino que se mantienen los dos colores y después sí se coloca el verde. Esto es para calmar la ansiedad de los automovilistas por arrancar vorazmente.

Hoy los semáforos porteños son “inteligentes” debido a un vital avance tecnológico: un sistema que los interconecta a todos y permite sincronizar a distancia sus cambios de luces según el estado del tránsito, optimizando los tiempos de todos los semáforos de la ciudad. Esto es ejecutado por el Centro de Gestión de la Movilidad, que monitorea en tiempo real, las 24 horas, el estado del tránsito en cada esquina y a partir de ello se toman las decisiones adecuadas, mejorando notablemente el flujo del tránsito. Fue un proyecto del Gobierno de la Ciudad quien le pidió su realización a la Facultad de Ingeniería de la UBA.  A fines del 2015 se dio otro grandísimo avance: cambiar la luminaria de los semáforos de alógena a led, generando mayor duración, menor consumo, menor mantenimiento y mayor visibilidad para el conductor.

En 1983 el argentino Mario Dávila creó el semáforo para ciegos que consta de emitir sonidos identificatorios para que las personas no videntes sepan cuándo pueden cruzar y cuándo no. Cuando pueden: emite un pitido tranquilo y entrecortado, cuando no pueden: emite un pitido más intenso y continuo.

Pasar un semáforo en rojo es una de las infracciones de tránsito más graves, siendo catalogada infracción de primer grado. Cruzar en rojo produce en la actualidad en Buenos Aires, entre seis y ocho muertes por mes.

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